Blog · 19 de julio de 2026

Por qué no todo culto es aceptable a Dios

Vivimos en una cultura dominada por la subjetividad radical. La gente dice con frecuencia: "No necesito ir a la Iglesia; me siento más cerca de Dios en la naturaleza", o se inclina hacia servicios evangélicos al estilo de conciertos porque "saca más provecho de ellos".

Estos sentimientos revelan una incomprensión fundamental: suponen que el culto trata sobre nosotros, sobre nuestros sentimientos y entretenimiento. La Sagrada Escritura destruye por completo esta suposición. San Pablo escribe:

"Por eso, ya que recibimos un reino inconmovible, tengamos gratitud, y ofrezcamos así a Dios un culto agradable, con reverencia y temor". — Hebreos 12:28

Si la Escritura nos manda ofrecer un culto agradable, se sigue lógicamente que existe un culto inaceptable. El culto es un deber objetivo definido por Dios, no un producto diseñado para la preferencia humana.

El sacrificio nuevo y eterno

En el Antiguo Testamento, Dios exigió un modelo litúrgico exacto: un sacerdocio, un altar y una víctima sacrificial.

Cuando Jesús instituyó la Nueva Alianza, no abolió esta estructura; la perfeccionó. El marco permanece idéntico, pero la víctima cambió. En lugar de toros y machos cabríos, la Nueva Alianza presenta el sacrificio único y eterno de Jesucristo en el Calvario, hecho sacramentalmente presente en nuestros altares en el Santo Sacrificio de la Misa:

"Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: 'Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía'". — Lucas 22:19

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